Navegar en solitario es, en realidad, un diario de rendición. En mitad de la nada, en cualquier mar del mundo, la soledad deja de ser un estado mental para convertirse en un objeto físico que deforma el tiempo y limpia el ruido del mundo. He procurado, humildemente, crear una lectura imprescindible para amantes del mar, de la literatura de aventura y para cualquiera que busque comprender el verdadero precio de la libertad absoluta. Porque quien suelta amarras para irse lejos con el deseo de conquistar el océano, nunca es el mismo que regresa a casa. Miro por la ventana de mi casa hacia las luces. Aunque mis pies caminen hoy en el cemento firme de la ciudad, una parte de mi alma se quedó para siempre allá afuera, flotando con la proa apuntando al sur, perdida en mitad de las veinticinco mil millas de soledad
Navegar en solitario no es un acto de misantropía, sino un ejercicio de honestidad radical. En ese aislamiento forzoso, frente a la inmensidad, las máscaras sociales se disuelven con los primeros rociones de agua salada. En el mar, no puedes mentirte: si no aseguras una driza, el viento te lo cobrará; si descuidas el rumbo, la corriente te lo echará en cara. Es un diálogo constante con la realidad más pura.